Diever Ramírez, héroe en la avalancha de Mocoa

Este hombre, de 22 años, rescató el cuerpo sin vida de un niño arrastrado por las aguas embravecidas que el 31 de marzo sembraron el luto a Mocoa. Un gesto inmortalizado en una fotografía que fue, quizá, la que ayudó a que el país dimensionara el drama de la ciudad. Esta es su historia.

Las calles en el barrio San Miguel nunca estuvieron tan desamparadas, sus cuadras más recordadas, las tiendas más concurridas y las casas más vistosas se distorsionaron. Ni siquiera sus habitantes más antiguos pueden evitar perderse en la zona más afectada por la avalancha del 31 de marzo en Mocoa (Putumayo), arrasó con todo a su paso en 17 barrios de la ciudad. Huele a muerte, y hay quienes creen que bajo la espesa y gruesa capa de barro que se esparció por el lugar hay cientos de cuerpos de vecinos que no alcanzaron a escapar de la furia con la que bajaron el agua, el lodo y las inmensas piedras.

Hay una veintena de habitantes que quedan ahí, la mayoría de éstos han huido horrorizados a los albergues o a los techos de conocidos. Los pocos que quedan se saludan desde muy temprano, siguen con la ardua tarea de limpiar las casas que milagrosamente quedaron en pie y sacan a las terrazas sus bienes más preciados, para que tal vez los rayos solares sequen un poco la humedad que quedó impregnada desde la tragedia.

Unos cuantos sonríen embarrados, llevan días sin bañarse. En una casa esquinera suena un reguetón desde una pequeña radio; unos pasos antes el periodista Ruver Ramírez tiene otra expresión en su cara, está contento porque su esposa embarazada ya está mejor y no se adelantará el nacimiento, como se había anunciado en un principio por culpa de la avalancha; después está Albeiro, junto a una cama, un colchón y un clóset que quedaron inservibles. Vino a buscar a sus hijas y nietos para llevárselos a Neiva. Bajo su brazo carga un balde con agua, en el que sobrevive su mascota (un pez plateado), porque la pecera se quebró. El hombre agradece por la vida.

A dos casas está la iglesia evangélica Alianza Internacional de Jesucristo. “Un señor, una fe, un bautismo”, se lee en la entrada del sitio que apenas llevaba cinco meses de haberse instalado. Su comunidad de fe era pequeña, así que no muchos reconocían a sus miembros. En la parte trasera, y seguido al salón del culto, está la habitación donde dormían el pastor Diever Hernán Ramírez Semanate, su esposa y Juan Esteban, su hijo de seis meses.

Los vecinos de esa calle creen en distintos dioses, pero el 31 de marzo nadie dejó solo al de la casa de al lado, se golpearon las puertas sin descanso hasta interrumpir el sueño del otro. Había que alertar, la intensidad de la lluvia era inusual, las paredes temblaban y se escuchaba el caer de piedras gigantes. Hacia las 10:30 p.m., Diever oía gritos y estruendos, se paró de la cama y salió a la esquina a mirar cómo estaban su amigo el tendero, Jesús Pérez, su esposa Estela y su hijo. No los halló, mientras tanto su pareja con el bebé en brazos lo esperaba en la puerta de la iglesia.

Diever alcanzó a divisar una ola gigante de agua, parecía que San Miguel iba a ser tragado por un mar, pero a diferencia de éste, las olas no se calmaban al llegar a una orilla. En Mocoa, las olas cogían fuerza a medida que avanzaban, se alimentaban de muebles, camiones y paredes; no había fin. La avalancha pasaba por donde se le daba la gana, cambiaba su rumbo de repente, y no distinguió entre niños, ancianos o mujeres embarazadas.

Fue cuestión de segundos, el pastor se devolvió y le gritó a la mamá de su bebé. Ella corrió hacia él y se refugiaron en la casa más próxima que encontraron. Todo rugía, él se arrodilló unos minutos y tocaba con sus manos la pared que amenazaba con venirse abajo. Luego, ambos enlazaron sus manos y comenzaron a rezar. La vivienda en la que sobrevivieron no se derrumbó en la tragedia, un hecho que sorprende a muchos; porque la que estaba al lado de donde se escondía la familia del religioso desapareció.

Tampoco se explican por qué otras construcciones aún existen, como la casa de tres pisos en la que el tendero y su familia corrieron para sobrevivir a la peor calamidad que ha vivido la capital del Putumayo; y la vivienda de fachada verde y puerta amarilla en la que alguna vez se vendió “aceite de raya para los pulmones”. Otras no contaron con tanta suerte. La casa de don Pablo, el presidente de la junta de acción comunal, quedó en ruinas y un camión quedó metido en lo que era la sala. Horas después ese vehículo sirvió de techo para algunos heridos.

Cuando las gotas de lluvia ya no eran tan pesadas, Diever salió de su casa porque los gritos eran estremecedores. A pesar de que su esposa le pidió que no se fuera, él lo hizo porque quería ayudar a los vecinos. A la primera que vio fue a una mujer con una pierna partida. Estaba tirada en una terraza temblando de frío. Con la ayuda de otros vecinos, la alzó y la ingresó a la casa. Siguió caminando hasta la tienda de Jesús, pero en ese punto las calles habían sido borradas, estaban irreconocibles. El sol se empezaba a asomar, cuando se dio cuenta de que en el tronco de un enorme árbol atravesado había sangre.

La foto que se volvió símbolo de la avalancha

Llevaba encima un traje impermeable amarillo, que el suegro de su cuñado le regaló hace tiempo y que aún no había estrenado. Al revisar el sitio vio que un niño desnudo y cubierto de lodo estaba en el piso. No tenía signos vitales. Los vecinos que lo acompañaban quedaron en shock, y nadie se atrevía a levantar el cuerpecito. El llanto apareció y, uno a uno, los ayudantes fueron dando un paso atrás. ¿Quiénes eran sus padres? “Es el hijo de mi vecino”, respondió alguien. Llamaron al supuesto padre, quien dijo que no era. “Es mi nieto”, dijo otra persona, pero al acercarse se retractó.

Diever decidió entonces levantarlo con sus brazos y se metió a una parte inundada que tenía un metro de profundidad. Caminó unos 10 minutos y llegó a una calle donde se ubica la cárcel de Mocoa; un hombre gordo, de camiseta roja, empezó a tomarle fotografías. Sólo se percató de eso, no le importó nada más. En el trayecto la gente preguntaba con los ojos empantanados si el niño estaba vivo. “No hay nada que hacer”, respondía él.

“Cuando lo vi pensé que estaba vivo, pero luego supe que había muerto. Sentí algo muy fuerte, muy duro, saber que mi hijo tenía vida y alguien casi de la edad de él había fallecido. Tuve que enfrentar la realidad y quería llevarlo a la morgue del hospital José María Hernández”, narra el joven de 22 años, quien a los 17 años conoció la Biblia y dejó de robar casas y vehículos.

Vinieron otros 15 minutos de caminata en medio del fango y personas corriendo despavoridas hacia el parque central. Una vez en el centro médico, el encargado le explicó que debía dejar el cadáver en una mesa junto a otros ocho menores que perdieron la vida. “¡Es un ser humano! ¿tenía que dejarlo en una mesa como si fuera cualquier cosa? No fue fácil”, cuenta el pastor, oriundo de Pitalito (Huila).

“Dios mío, ayude a los padres de este niño, porque él ya está en su reino”, fueron las palabras que pronunció Diever en la morgue, antes de devolverse a la zona del desastre para seguir ayudando a sus vecinos. Nunca había visto la foto que le tomó aquella persona, que le dio la vuelta al mundo y que quizá se convierta en un ícono histórico de la tragedia de Mocoa.

¿Le ofende esa foto? “Yo no estaba para que me tomaran fotos, no estaba exhibiendo al niño, estaba pasando un momento difícil, buscando a sus papás. Me conmovió ver esa imagen, ojalá toque corazones y que la gente venga a ayudar a esta población. Esa es la realidad de Mocoa, no hay cómo evitarla”.

Desde ese día no ha podido dormir, el recuerdo del niño no se va. Lo que le tocó vivir es una experiencia por la que a veces los creyentes no aceptan fácil la voluntad de Dios, explica él. “No podemos echarle la culpa por lo que ha pasado”. Pero la labor de rescatista y evangelista no le ha quitado su condición de damnificado. La primera noche durmió en un taller, y en la siguiente un anciano le ofreció posada. Hoy ya duerme en la casa de su cuñada.

Hasta el martes y después de que su esposa e hijo se trasladaron a Pitalito, el pastor estuvo en el barrio con su gente. Dos días seguido estuvo en labores de rescate, hasta que un dolor de cadera lo obligó a sentarse unas horas y a tomarse dos pastillas de ibuprofeno. “Las personas que no se encuentran están bajo los escombros, y ya no puedo hacer nada, porque se necesita maquinaria y gente especializada”, agrega el pastor.

Antes de marcharse definitivamente de ese lugar estuvo cuidando el barrio de los ladrones, quienes han aprovechado la soledad de las casas para robar lo ajeno. “Yo cambié. Me dediqué a hacer lo bueno y ahora quiero ayudar a las personas que he encontrado haciendo daño, los aconsejo”, confiesa el hijo de María Luisa y José, desde una piedra en San Miguel.

A la avalancha, que mató a por lo menos 301 personas en Mocoa y dejó heridas a más de 300, sobrevivieron las matas de yuca que Diever había sembrado en su patio. La estructura de su vivienda es frágil y hay riesgo de que se derrumbe. Sólo queda una cama de madera, un colchón lleno de barro, un juguete de su hijo y unos zapatos embarrados. Por la identidad del niño fallecido se seguirá preguntando. Los padres del pequeño habitaron, tal vez, uno de los 36 barrios de Mocoa (de los 83) afectados por la tragedia.